El humor negro (o marrón) del terrible Marat

Marat. Henry Grevedon. British Museum Fuente de origen: Wikipedia

Lenotre, autor que nos sigue cautivando, es una mina inagotable de anécdotas maravillosas. Esta es digna de una película gamberra, sino fuera por el contexto funesto que la envuelve.

El 6 de octubre de 1789 el pueblo de París invadió Versalles y se llevó a la familia real al Palacio de las Tullerías (que estaba entre el Jardín de las Tullerías y el Museo del Louvre). En 1791 se produce la fuga de Varennes, que fracasa, y el rey vuelve a París, ya prácticamente prisionero: el fin de la monarquía está próximo. El pueblo de París invade el 10 de agosto de 1792 las Tullerías y la familia real huye y se refugia en la Asamblea Legislativa. El palacio de las Tullerías es ocupado por diversos organismos del gobierno y diversas comisiones de la Asamblea. Uno de los ministros, Roland (cuya mujer era una celebridad, por su belleza e ingenio) busca por todas las habitaciones reales, ya vacías, una correspondencia suya con la familia real. Es la época de la paranoia revolucionaria, en que las purgas de las diversas facciones van a dar comienzo y nadie, ni siquiera los diputados o ministros están libres de sospechas.

Entonces, Marat, que  vomita odio y rencor contra la aristocracia, contra la monarquía y contra cualquiera que él considere “enemigo”, le juega una buena pasada a Roland. Le pasa una información al Comité de Investigación: sabe “de buena tinta” que la reina, María Antonieta, el día anterior a la invasión del 10 de agosto, había tirado por los retretes y letrinas grandes cantidades de papeles comprometedores.

Y mira aquí, al angustiado ministro Roland, buscando, acompañado de dos poceros, rastreando las sentinas en busca de papeles. La “nariz tapada por un pañuelo y las cejas untadas de grasa -tal era la profilaxis de la época- chapotearon en el fondo, buscando a tientas los papeles: cuando encontraban uno lo alzaban todo lo largo del brazo y lo presentaban a Roland quien, provisto de unas pinzas, cogía el precioso fragmento y lo sumergía en una cubeta llena de vinagre”.

Al cabo de seis días, en los que Marat se había reído de lo lindo, reconoció ser una broma. Ojalá le hubiera dado a Marat más por estas bromas. Más risas y menos sangre.

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